Sí... te tuve. Entre tu sollozar entrecortado y las uñas que se enterraban en mi espalda, sin tregua alguna al inconsciente. Verte a los ojos resultaba embriagante y... atosigarte con los míos me destruía en causa perpetua de un reflejo autoinfligido. Me observabas fijamente.
Era el único momento en el que me veías a los ojos.
A veces me gustaba pensar que de cierta manera, mientras transpirábamos en colectivo, te surgía del alma una extensión más del ser, que me poseía, que me tenía... que me intimidaba tras la vacuidad atiborrante y profunda de mi reflejo, que me otorgabas en inconsciencia.
Me consumiste con tus espejos.
Sí… te tuve... pero ya no tenía nada de mí.
Inscrito en una de las páginas de El Último Libro del Mundo.

Rato que no pasaba por aquí... y aún conservas el estilo. Interesantes textos :] Saludos.
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