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martes, 29 de diciembre de 2009

Instintos

Amo el sentir de la suave brisa mientras me deslizo a toda velocidad por la montaña rusa, el caótico vaivén de las palabras me embriaga mientras escucho el sube y baja de nuestras emociones; esa ligera sensación de malestar placentero. Soy una maldita masoquista, y es que... me encanta sufrir, no hay cosa que más placer me otorgue en la existencia. El encontrarme tan indefensa, tan pobre de mí, tan fácil, tan víctima de mi feroz predador... me encanta, me excita sobremanera.
     A veces, cuando estoy sola y no estás conmigo, me acuerdo; me acuerdo de la vez que me tomaste contra mi voluntad en el pequeño pasillo húmedo y oscuro junto a la casa de mis padres, yo llevaba un lindo vestido pues íbamos a una de esas fiestas elegantes, pero a ti no te importó, el sólo saberme utilizada para saciar tus bajos instintos aún me provoca orgasmos mentales... y no solo eso.

sábado, 19 de diciembre de 2009

Rubor sanguíneo

"...tomó mucho más tiempo del que recordaba tardaba esto."... pensé. Me levanté cansado, asqueado, no podía negar que lo había disfrutado, pero ciertamente no era mi noche ideal. Vi su espalda desnuda, maltratada por las marcas de la vida y con cicatrices casi repulsivas que parecían tener vida en menor o mayor medida. Me incorporé.
     Todavía recuerdo las sensaciones; el roce de mi glande a través de sus entrañas sació mi apetito sexual, la masturbación no era suficiente ya, en un mundo en donde el sexo puro y duro con otro individuo era escaso y casi privilegiado. Vale la pena pagar casi 500 ginots por conseguir uno de esos culos, que al menos en ese sentido no podía quejarme.
     Regresé a la alcoba. La tenue luz del casi inservible y solitario foco de la habitación apenas funcionaba para dejarle entre ver a mi cansada vista las aterciopeladas paredes rojas. Mi clon sexual se había desintegrado ya, y solamente quedaba el rubor sanguíneo de su existencia, que hace pocas horas me había sido útil... Me recosté sobre la cama y la puerta se abrió. Era yo mismo. Y a mí mismo me veía cuando sentía como mis órganos internos se licuaban entre las sábanas de la vieja cama.