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lunes, 30 de noviembre de 2009

Sandwich

La pureza de sus ojos era avasallante. Avasallante como los largos caireles que caían dóciles sobre sus hombros. Hombros desnudos que incitaban a una descripción total. Total como mi amor por ella y todos esos sentimientos incontrolables que me inspiraba su presencia. Su presencia ausente que solo existía en mi mente. Solo existía en mi mente y eso era precisamente lo que me hacía amarla tanto. Tanto como lo perfecta que era para mí. Para mí y nadie más, así de egoísta era su existencia en mi psique. Mi psique perturbado y esquizoide, o como lo quieran llamar los doctores. Los doctores que me analizan tras la muerte de mi querida Sara. Mi querida Sara: Haz de saber que a pesar de lo que llegues a escuchar de mí, yo estoy bien, bien y amándote como nunca en vida pude hacer y solo en tu muerte pudiste entender. Entender que detrás de todos mis maltratos existía muy en el fondo un ser que te amaba tanto. Que te amaba tanto que le era difícil dejarte ir, así, tan fácil. Así tan fácil como fue enterrarte entre los ladrillos de la pared de nuestra vieja alcoba.