¿No es absurdo y risible que el fin último de nuestra existencia sea el existir mismo? Es casi irónica esa frustrante manifestación real de lo cotidiano. Para poder desenmarañar la vida no hay que buscar más allá. El significado de la vida no está escondido en otro lado más que en la vida misma, y eso, precisamente, es lo que nosotros, los necios, aún no logramos abstraer.
Cuando Iván se encontró solo en el desierto pensó en sus alternativas; por un lado, era el día más feliz de su vida, estaba solo, y en su soledad, era perfectible dentro de si mismo, no había quien le estorbase ni se inmiscuyera... Por un momento deseo profundamente estar con Helena... luego recordó que la había matado bajo su propia mano dos días antes... Bueno, ya, a cualquiera le pasa, pues qué más daba, lo hecho, hecho estaba.
Helena conoció a Iván cuando ellos tenían apenas 16 años, fue una situación bastante tierna. Un día mientras cruzaban por los pasillos se vieron a los ojos. Ese momento fue en donde Iván supo que Helena debía de morir. Ese momento fue en donde Helena supo que daría lo que fuera para morir en los brazos de Iván. Es graciosa la problemática de las relaciones de pareja; nos evitaríamos muchas muertes si entendiésemos quizás que nuestro dulce caramelito no puede leer nuestra mente, ¿ajá?, es cuestión de conceptos, claro, solemos mal entender y olvidar que a algunos la muerte nos parece más romántica que un beso, el sexo o cuestiones de aquellos.
Volviendo a los paralelismos y elaborando un análisis crítico de la situación, la cuestión concluyente de todo se centraba de forma polarizada en banalidades de ética y moral; todas esas cosas que a la gente le encanta utilizar como prestanombres excluyentes de su propia miseria. En el desierto no estaba Iván, estaba Helena, por su vivir cruzó fronteras y prefirió no volver, muriendo él, para que no muriese ella.

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