El vaivén de las olas agitaba violentamente la solitaria barca en el centro del negro mar del norte. La fugaz tormenta reclamaba la sangre de los que se otorgan el permiso de invadir las aguas santas. Dios había hablado y en su manifiesto no pudo más que desatar su ira contra las fuerzas mortales que habían osado desafiar su autoridad, contra quienes pretendían actuar en su nombre y usurpando sus acciones.
La brutalidad oceánica aumento a su cúspide conforme la ira divina crecía rampante. La mortalidad del hombre se hizo presente y esa falsa confianza y sentido del control fatídico se volvieron un absurdo de pronto, sin embargo, justo antes de privarlos de existencia, llegaron a su objetivo. Frente a ellos estaba el Árbol de la Vida, lo que llevaban buscando solamente toda su vida. Al saberse victoriosos... al entender que habían superado incluso a Dios, entendieron que habían perdido la batalla. A las fauces marinas entonces cayeron los cuerpos de 12 marineros cuyas cabezas nunca estarían bajo la sombra tardía de las perpetuas ramas del Árbol de la Vida.

No hay comentarios:
Publicar un comentario